Sentada en el pequeño prado, miraba al cielo absorta, imaginando en cada nube la fina representación de sus sueños, perfectas recreaciones de sus perennes anhelos. Un par de pequeños árboles a su derecha apenas llegaban a darle una tímida sombra.
Mientras el sol acurrucaba aquella atmósfera, una ligera brisa la adormecía. Ignoraba, sumergida en sus divagaciones, la negra nube que se adivinaba ya a lo lejos, entre dientes de león que volaban perdiéndose en el horizonte.

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